martes, 6 de junio de 2017

San Celestino el santo más venerado por los barceloneses


Nunca imaginó Fernando del Bastardo y Loayza, párroco de Barcelona que construir la Iglesia de San Cristóbal, para luego ser consagrada, el 10 de octubre de 1773, por el Obispo de Puerto Rico, Dr. Manuel Giménez Pérez, esto le serviría para que el ilustre prelado le donara, cuatro años después, a la feligresía el cuerpo de un mártir enterrado en el cementerio romano de San Lorenzo.
“Padre Bastardo, es tanto mi amor hacia Barcelona que San Celestino será el venerable protector de este gran pueblo”, dijo Monseñor Giménez Pérez al párroco barcelonés, nacido allí mismo frente a la pequeña iglesia, en la calle Santa San Cristóbal, en los primeros años del siglo XVIII.

Donativos
El presbítero Fernando Bastardo, con la edad aproximada a los 70 años, emparentado con la familia Freites y con una de las mujeres más acaudalada de la Barcelona colonial, Celerina Martínez de Castro, no encontraba como cubrir el traslado del cuerpo de San Celestino desde Puerto Rico. Sin embargo, su ascendencia sobre la población, permitió recolectar el dinero suficiente para emprender esta misión.
Desde 100 pesos hasta dos reales, poco a poco se fue recolectando la limosna. El traslado fue calculado en 750 pesos, que incluyeron urna, adornos para cuerpo del santo y su conducción hasta Barcelona. Incluso, el Dr. Manuel Giménez Pérez, Obispo de Puerto Rico, contribuyó con 100 pesos. Los pueblos de Cúpira y los llanos, también, dieron  aportes importantes.
Participa el Concejo Municipal
El padre Fernando del Bastardo y Loaiza, para darle mayor rigurosidad protocolar al traslado de San Celestino a Barcelona, se reúne con el Ilustre Cabildo para que encabezara la procesión marítima. El venerable Concejo Municipal, creado el 10 de abril de 1647, acordando designar al Alférez Real Sebastián Vicente Basegui, para presidir la comitiva local. Además, se integran Sebastián Alfaro, Sacristán Mayor de la iglesia y don José Ferrusola, factor de la Real Compañía Catalana, propietaria de la balandra que trasladaría el cuerpo del mártir romano. 
El 8 de octubre de 1777 comienza la travesía. Parte la embarcación por el puerto del Río, para desembocar por Apaicuar hacia el Mar Caribe. Es un viaje tranquilo, sin sobresalto. Los viajeros se encomiendan a Dios y a San Celestino, muerto en una oscura mazmorra en el año 250. Mientras tanto en Cádiz, España, Juan Antonio Jiménez, fabrica el ataúd para su “amortajamiento”.
Dos meses es el tiempo entre zarpe, llegada a Puerto Rico, retiro del cuerpo venerado, para definitivamente abatir las contundentes aguas de las Antillas para enrumbarse hacia la antiguas Indias Occidentales. 
Gran recibimiento
El 8 de diciembre de 1777, llega a Barcelona el cuerpo de San Celestino, procedente de Puerto Rico, luego de haber sido embarcado en la ciudad de Génova, teniendo como puerto alterno a Nueva Cádiz. A su ingreso a Barcelona por el rio Neverí, la santa imagen fue escoltada por San Cristóbal y Santa Eulalia, patrona de la capital, bajo fuertes cañonazos de cohetes, ruedas y truenos.  
Los oficios religiosos realizados en la benemérita Catedral fue oficiado por el sacerdote Fernando del Bastardo y Loaiza, párroco de Barcelona. Se cantaron maitines, vísperas  Vinieron multitudes de diferentes pueblos y villas del oriente. El día 11 de diciembre, el cabildo barcelonés aclamó a San Celestino mártir, patrono de la ciudad, decidiendo que cada cuatro de mayo su día.

Para siempre y desde ese momento, San Celestino se convirtió en el más venerado de todos los santos que reposan en la catedral. Han transcurrido 238 años y su cuerpo reposa en el mismo sitio donde se colocó su urna. A pesar de que la actual no es la original, allí bajo la custodia de San Félix y San Teófilo, los barceloneses colocan sus ofrendas y milagros para alabanza de Dios.